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Dos continentes en un plato: la nueva cocina latinoamericana que está transformando Madrid y Barcelona

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Dos continentes en un plato: la nueva cocina latinoamericana que está transformando Madrid y Barcelona

Photo: Sophiecross, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Hay un momento concreto en el que te das cuenta de que algo está cambiando en la gastronomía española. Puede ser cuando pruebas un cocido madrileño en el que el chorizo comparte protagonismo con un ají amarillo peruano. O cuando una croqueta de jamón llega a la mesa con una salsa de chile chipotle que, en lugar de agredirla, la eleva. O cuando un arroz caldoso de bogavante aparece perfumado con leche de coco y cilantro fresco.

Estos no son accidentes culinarios. Son el resultado de un diálogo gastronómico que lleva años construyéndose en silencio y que ahora, por fin, está ganando el reconocimiento que merece.

Una historia de ida y vuelta

Para entender lo que está pasando en los restaurantes de Madrid y Barcelona, conviene recordar que la relación culinaria entre España y América Latina no empieza hoy. Empieza hace cinco siglos, cuando los barcos que cruzaban el Atlántico llevaban especias, técnicas y productos en ambas direcciones. El tomate, el pimiento, el cacao, la patata: todos llegaron a España desde el continente americano y transformaron para siempre la cocina ibérica.

Lo que ocurre ahora es, en cierta manera, una segunda vuelta de ese intercambio. Solo que esta vez los que traen los ingredientes y las ideas no son marineros sino cocineros, y el barco se llama avión.

Madrid: donde el chile se sienta a la mesa con el pimentón

En el barrio de Lavapiés y en los alrededores del Mercado de San Antón, han proliferado en los últimos años una serie de restaurantes que no encajan del todo en ninguna categoría conocida. No son mexicanos, no son españoles, no son fusion en el sentido frívolo del término. Son otra cosa.

Tomemos como ejemplo la propuesta de varios cocineros mexicanos afincados en la capital que han encontrado en los guisos castellanos —el cochinillo, las migas, los callos— una materia prima perfecta para trabajar con técnicas de su tradición. La nixtamalización, por ejemplo, ese proceso ancestral mesoamericano de tratar el maíz con cal, está siendo aplicada por algunos de estos chefs a cereales autóctonos españoles, consiguiendo tortillas y tamales con espelta o con maíz de variedades locales.

El resultado es un producto que honra dos memorias a la vez.

Barcelona: el Mediterráneo se encuentra con el Pacífico

En Barcelona, la conversación tiene otro acento. La proximidad del mar y la tradición catalana de los arroces, los escabeches y los productos de la huerta ha generado un terreno especialmente fértil para los cocineros peruanos y colombianos que han elegido la Ciudad Condal como base de operaciones.

La cocina nikkei —esa mezcla de tradición japonesa y peruana que ya tiene décadas de historia en Lima— ha encontrado en Barcelona un eco inesperado con la cultura del crudo mediterráneo. El ceviche y el carpaccio, el tiradito y el tartar de atún comparten más de lo que parece: la confianza en la calidad del producto, el respeto por la textura, la acidez como herramienta expresiva.

Algunos cocineros colombianos, por su parte, están trabajando con los arroces del Delta del Ebro y de Valencia desde una perspectiva completamente nueva. Incorporan el achiote —esa semilla de color rojo intenso que da color y sabor terroso a muchos platos caribeños— a sofritos que de otro modo serían puramente mediterráneos, consiguiendo tonalidades y matices que sorprenden incluso a quienes creen conocer bien el arroz español.

Más que ingredientes: una manera de entender la cocina

Lo que estos cocineros aportan no es solo una lista de nuevos productos. Es, sobre todo, una filosofía culinaria diferente.

En gran parte de América Latina, la cocina tiene una relación con el tiempo y con el fuego que en Europa se ha ido perdiendo con la industrialización. El nixtamal tarda horas. El mole negro puede llevar días. El caldo de res que sirve de base a un pozole se cuece de madrugada para estar listo al mediodía. Esta paciencia, esta relación casi ritual con la preparación, está influyendo en cómo algunos de estos chefs abordan también los platos españoles.

Un cocido, un potaje, un estofado de carrilleras: de repente, en manos de alguien que creció viendo a su abuela preparar mole, estos platos de larga cocción cobran una dimensión diferente. No se simplifican. Se profundizan.

El debate que vale la pena tener

No todo el mundo recibe esta fusión con los brazos abiertos, y es justo reconocerlo. Hay quienes ven en ella una amenaza a la identidad culinaria española, una especie de disolución de lo propio en lo ajeno. Es una preocupación legítima.

Pero los cocineros que están al frente de esta tendencia suelen ser los primeros en defenderla con argumentos sólidos. No se trata de sustituir nada. Se trata de ampliar. De añadir capas. De demostrar que una tortilla de patatas puede convivir perfectamente con un aguachile de gambas en la misma carta, y que ambos platos salen reforzados de esa convivencia.

Como dice una cocinera argentina con restaurante en el barrio madrileño de Malasaña: "Yo no vine aquí a cambiar la cocina española. Vine a aprender de ella. Y en ese aprendizaje, inevitablemente, algo mío se cuela. Eso es lo bonito."

Una cornucopia de dos mundos

En Restaurante Cornucopia, la idea de que la mesa es un lugar de encuentro y abundancia no es solo un lema. Es una convicción. Y lo que está ocurriendo en Madrid y Barcelona con estos cocineros latinoamericanos es, quizás, el ejemplo más vivo de lo que esa convicción significa en la práctica.

Dos tradiciones culinarias enormes, ricas, complejas, que se sientan a la misma mesa y se escuchan. Que se prestan ingredientes, técnicas, historias. Que discuten, se sorprenden, se adaptan. Y que, al final, sirven algo en el plato que ninguna de las dos habría podido crear sola.

Si tienes la oportunidad de visitar uno de estos restaurantes, hazlo con curiosidad y sin expectativas fijas. No vayas a buscar lo español ni lo latinoamericano por separado. Busca lo que surge cuando ambos se encuentran. Eso es lo que vale la pena probar.

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